| |
Un estudio realizado con 250.000 jóvenes
consolida la teoría del orden del nacimiento. Pocos padres admitirán que
tratan a sus hijos de forma diferente, pero es probable que al educarlos de
la misma manera, obtengan como resultado la desigualdad. la educación y la
crianza de los hijos tiene mucho que ver con las singularidades, algunas se
desprenden del orden que los hermanos ocupan en la familia. Es la denominada
Birth order theory, teoría del orden de nacimiento.
EDUCAR A
TODOS IGUAL ES IMPOSIBLE
Según la teoría del orden de nacimiento,
desarrollada con éxito dispar por una legión de
psicólogos, el primero se lleva el
conservadurismo, el respeto a las expectativas y
los valores paternos y el perfeccionismo. El
mediano, en terreno de nadie, tarda en decidir
qué quiere hacer con su vida frente al mayor,
que la encarrila muy pronto- y desarrolla más
relaciones con iguales que jerárquicas. El
benjamín, por su parte, es la bohemia y el
riesgo; divertido y encantador, puede ser
también más débil que los otros. Un ejemplo
notorio: los tres hermanos Grimaldi, príncipes
de Mónaco. Entre la regia perfección de la
mayor, Carolina, y la bohemia liberal y circense
de Estefanía, la menor, se halla el caso del
príncipe Alberto, con una opción de vida
personal distinta a la de sus hermanas. La
historia es un filón de ejemplos que ratifican
el citado reparto de actitudes y aptitudes: más
de la mitad de los presidentes de Estados Unidos
han sido primogénitos; también eran los mayores,
o hijos únicos, veintiuno de los 23 primeros
astronautas estadounidenses. El orden de
nacimiento no es determinante en ningún caso,
pero sí tiene importancia. Suele decirse que el
hijo mayor es el más adulto de todos, el
receptor de valores paternos. Pero con el
nacimiento de nuevos hijos, la dedicación y el
entusiasmo que los padres ponían en él va
mermando. Así, a medida que nacen más vástagos,
se debilita la educación parental. En virtud de
la atención dedicada -máxima al primero; más
escasa al último, viene la existencia del
síndrome del primer hijo, más apegado a los
padres; el síndrome del mimado (el menor, al que
se considera pequeño durante más tiempo) y el
síndrome del hijo mediano, el que más facilidad
tiene para desarrollar emociones negativas, pero
también el más sociable de todos.
Si hubiera que sacar
una conclusión al respecto, sería la de que no
se puede educar a todos de la misma manera. El
que pasa por ser la mayor autoridad mundial en
la materia, el profesor Frank J. Sulloway, del
Instituto de Investigación Social y de la
Personalidad de la Universidad de Berkeley
(California, EE UU), atribuye estas y otras
diferencias entre hermanos al hecho de maximizar
la atención de los padres a través de diferentes
estrategias con el fin de reafirmar la propia
identidad. Para María José Díaz-Aguado,
catedrática de Psicología de la Educación de la
Complutense, las singularidades se deben también
al reparto de papeles: todos los hijos podrían
ser estudiosos, o simpáticos, pero hay tendencia
a repartir roles de forma excluyente. Sulloway
concluye diciendo que el entorno explica al
menos el 50% de las variaciones en la
personalidad, como sabemos gracias a los
estudios en genética del comportamiento, así que
también influye bastante en el desarrollo de las
diferencias. El orden de nacimiento conforma la
personalidad y el comportamiento mediante
mecanismos biológicos, psicológicos, sociales y
antropológicos. Con respecto a la inteligencia
privilegiada del primer hijo, la explicación
parece clara: es su cercanía a los padres y
adultos, tanto como su papel de tutor o guía de
los siguientes hermanos. Pero los primogénitos
también tienen su cruz, sus expectativas son muy
elevadas, por lo que les cuesta asumir fracasos.
El segundo hijo y los sucesivos suelen pasar más
tiempo con niños. Algo debe de tener la
primogenitura cuando Esaú se la vendió a Jacob
por un plato de lentejas. O cuando algunos
corpus jurídicos, como el derecho catalán,
reconocen su figura (la del hereu, o heredero,
el mayor). De todos modos, los rasgos asociados
al orden de nacimiento son una relación de
probabilidad, no de causa-efecto. Es decir, que
el hecho de ser primogénito o benjamín no
determina necesariamente una característica,
sino que incrementa la probabilidad de tenerla,
como todo, siempre hay excepciones.

|
|